
Conocido por todos como el filósofo que propuso una nueva genealogía de la moral, subvirtiendo los valores cristianos, profundamente crítico de la moralidad de su presente y del «espíritu alemán». Famoso por aquella cita de «Dios ha muerto» que interpreta la visión de un mundo que estaba abandonando la religión como eje de sus comportamientos y estaba comenzando a adoptar las formas de la modernidad. En las que Dios ya no pesa en la consciencia, sino otras abstracciones, como el mismo mercado.
Nietzsche fue muy religioso durante su juventud. En sus diarios sobre su vida, podemos encontrar siempre referencias sobre Dios, que también extendió luego en sus escritos críticos. Nacido de un padre Pastor protestante, que murió cuando él era pequeño, diagnosticado con «reblandecimiento cerebral», lo cual afectó profundamente a Nitezsche, que no llegaba apenas a los 5 años de edad, y que además presenció el deterioro psicológico de su padre, antes de su muerte.
Impulsado por su madre, que deseaba verlo convertido en pastor, como su padre y su abuelo, estudió teología. Pero de a poco y con las lecturas comenzó a sentirse desencantado con la religión, hasta que la abandonó para estudiar filología. Allí su profesor lo describiría como el joven más maduro que había conocido, lo consideraba como uno de los futuros grandes filólogos alemanes
Posee el envidiable don de presentar ideas, hablando de forma libre y calma como así hablar hábil y claramante. Es el ídolo, y sin desearlo, el líder de toda una nueva generación de filólogos […] Describo un fenómeno. Bueno, eso es lo que es, y al mismo tiempo amable y modesto. También un dotado músico, pero eso es otro tema
Aficionado a la poesía, a la música y a la filosofía. Nietzsche comienza sus escritos con El Origen de la Tragedia, que produce cierto desencanto tanto en su círculo. Finalmente se retiraría de la enseñanza a los treinta y cinco años por problemas físicos y de migrañas. Y se dedicaría de lleno a la escritura
Nietzsche es diagnosticado por Claudio Naranjo como ejemplo de Eneatipo Cinco en una de sus charlas sobre filosofía y personalidad. Todo por lo cual lo describe apuntaría a que lo diagnostica como un Cinco Sexual. Siendo que describe su cierta «arrogancia», su fuerza y su emocionalidad, diciendo de éste que es un Cinco medio como un Cuatro, en el sentido de que es más emocional
Un razgo que podemos encontrar fácilmente del Cinco Sexual en el caso de Nietzsche es esta pasión de la Confianza. Podemos decir que todo su ataque hacia la moralidad cristiana está basado en la confianza en la «buena naturaleza» tanto de los instintos como del cuerpo, dos elementos de mucha importancia para los cristianos. Critica el intento de domeñar el cuerpo a la fuerza, entre otras cosas
Todos los viejos monstruos de la moral quieren matar las pasiones para prevenir su estupidez y las consecuencias desagradables. Eso mismo es una forma aguda de estupidez. Ya no admiramos a los dentistas que extraen los dientes para que no sigan doliendo. Las pasiones tienen una época nefasta pero luego se espiritualizan y son buenas. La Iglesia no da ese paso. La Iglesia combate la pasión con la extirpación: el castradismo es su práctica. Atacar las pasiones en su raíz significa atacar la vida en su raíz: la praxis de la Iglesia es hostil a la vida
La castración es un medio radical, la eligen quienes están demasiado degenerados para poder imponerse moderación en el apetito. Las cosas más venenosas contra los sentidos han sido dichas por los ascetas imposibles, por aquellos que habían tenido la necesidad de ser ascetas

Esta Confianza también se refleja en las amistades y el modo de relacionarse que Nietzsche tuvo durante su vida, no sólo con compañeros filólogos, sino también con otras personas de renombre, y en gran parte también con mujeres. Todas estas personas participaron de su búsqueda de producción filosófica y muchas veces fueron receptores y espejos de sus ideas. Como la esposa de Wagner, Cósima, y en un caso temporalmente Lou Salomé, una de las mujeres que dejó una gran impresión (y dolor) a Nietzsche con su rechazo. Al cual respondería con una carta muy ofensiva y cargada. Le diría a su amigo Paul Ree
Si no encuentro la piedra filosofal para convertir esta mierda en oro
estoy perdido
Nietzsche tendría este idealismo del Cinco Sexual de encontrar a aquella persona especial imposible a la cual podría presentarle todos sus demonios y sus pensamientos, y la cual podría comprenderlo al fin totalmente, remediando su soledad. Cuando hablamos de pasión por la Confianza también, se trata de pasión por la confidencia, de encontrar esta clase de interlocutor ideal, que en Zaratustra hallamos una y otra vez en el papel de los «lectores» a los que este libro estaría dirigido. Personas que por fin podrían comprender el alcance de sus ideas, y ser empáticos, a lo que llama, su sufrimiento particular por el hombre
Me he sentido del todo dichoso cuando he encontrado o creído encontrar con alguien un pedazo o rinconcito en común. Mi memoria se halla sobrecargada con mil recuerdos vergonzosos de tales debilidades en momentos en que he soportado mal la soledad
Hay buenas razones para que me falten personas que coincidan conmigo, y sería ridículo para un filósofo exigir algo distinto. A pesar de ello, no se extingue en mí el anhelo de que tenga lugar una vez este maravilloso y feliz caso; resulta espantoso estar solo en la medida en que yo lo estoy. No me entiendas mal: lo último que deseo es fama y ruido en los periódicos y admiración de discípulos; he visto de muy cerca lo que todo eso significa en nuestros días. Me sentiría en medio de ello más solitario que ahora, y quizá aumentaría mi desprecio hacia los hombres.

Nos quedaría mucho más para decir sobre Nietzsche pero volviendo a lo importante. Siempre fue un amante de la soledad, como lo testimonian los escritos en sus libros. En donde pone a la soledad incluso como condición necesaria para el trabajo de un filósofo
En medio de la multitud vivo como la mayoría y no pienso como pienso al cabo de cierto tiempo acabo por experimentar el sentimiento de que se me quiere desterrar de mí mismo y quitarme mi alma, y empiezo a malquerer a todo el mundo y a temer a todo el mundo. Entonces tengo necesidad del desierto para volver a ser bueno
En la soledad el solitario se roe el corazón, en la multitud es la muchedumbre quien se lo roe. ¡Elegid!
Lo que sé de mis primeros años de vida es harto insignificante para contarlo. Algunos rasgos propios de mi personalidad se desarrollaron ya muy pronto: una cierta tranquilidad contemplativa y taciturna mediante la que fácilmente me alejaba de los demás niños y, a la vez, sin embargo, una pasión a veces desbordante.
Ya por aquel entonces empezaba a revelarse mi carácter. En el transcurso de mi corta vida había visto ya mucho dolor y aflicción y por eso no era tan gracioso y desenvuelto como suelen ser los niños. Mis compañeros de escuela acostumbraban a burlarse de mí a causa de mi seriedad. Pero esto no ocurrió sólo entonces, no, también después, en el instituto e incluso más tarde, en el gymnasium. Desde la infancia busqué la soledad. Donde mejor me encontraba era en aquellos lugares en los que, sin ser molestado, podía abandonarme a mí mismo
Autobiografía
Cierro entonces el texto con un extracto del testimonio de Lou Salomé, una mujer que lo conoció bastante bien y lo describiría en estos términos
“Lo que fascinaba en la figura de Nietzsche era aquella primera y poderosa impresión que suscitaba ese misterio, la sospecha de una callada soledad. Al contemplador fugaz no se le ofrecía ningún detalle llamativo. Aquel varón de estatura media; vestido de manera muy sencilla pero también muy cuidadosa, con sus rasgos sosegados y el cabello castaño peinado hacia atrás con sencillez, fácilmente podía pasar inadvertido. Las finas y extraordinariamente expresivas líneas de su boca quedaban recubiertas casi del todo por un gran bigote caído hacia delante; tenía una risa suave, un modo quedo de hablar y una cautelosa y pensativa forma de caminar, inclinando un poco los hombros hacia delante; era difícil imaginarse a aquella figura en medio de una multitud, tenía el sello del apartamiento, de la soledad. Incomparablemente bellas y noblemente formadas, de modo que atraían hacia sí la vista sin querer, eran en Nietzsche las manos, de las que él mismo creía que delataban su espíritu»
Similar importancia concedía a los oídos muy pequeños y modelados con finura, de los que decía que eran los verdaderos “oídos para cosas no oídas”. Un lenguaje auténticamente delator hablaban también sus ojos. Siendo medio ciegos, no tenían, sin embargo, nada de ese estar acechando, de ese parpadeo, de esa no querida impertinencia que aparece en muchos miopes; antes bien, parecían ser guardianes y conservadores de tesoros propios, de mudos secretos, que por ninguna mirada no invitada debían ser rozados. La deficiente visión daba a sus rasgos un tipo muy especial de encanto, debido a que, en lugar de reflejar impresiones cambiantes, externas, reproducían sólo aquello que cruzaba por su interior. Esos ojos penetraban en la intimidad, y a la vez, mucho más allá de los objetos cercanos en la lejanía, o mejor: tanto en lo más próximo como en lo más lejano. Pues , en definitiva, todo su trabajo como pensador no era si no una exploración del alma humana en busca de mundos aún por descubrir, de sus posibilidades aún no apuradas que nacen y perecen sin cesar. Cuando se mostraba como era, en el hechizo de una conversación entre dos que lo excitase, entones podía aparecer y desaparecer en sus ojos una conmovedora luminosidad: mas cuando su estado de ánimo era sombrío, entonces la soledad hablaba en ellos de una manera tétrica, casi amenazadora, como si viniera de profundidades inquietantes, de esas profundidades en las que se hallaba siempre solo, que no podía compartir con nadie, frente a las que él mismo se sentía a menudo sobrecogido de terror y en las que finalmente no naufragó su espíritu.
Una impresión similar de misterio y secreto provocaba también el comportamiento de Nietzsche. En la vida normal era de una gran cortesía y de una suavidad casi femenina, de una constante y benévola ecuanimidad; le agradaban las formas elegantes en el trato social y les concedía gran estima. No obstante, siempre residía en ello cierto goce en el disfraz; abrigo y máscara para una vida interior que casi nunca descubría. Recuerdo que, conocí a Nietzsche por primera vez, fue un día de primavera, en la basílica de San Pedro, en Roma, durante los primeros minutos me chocó y me confundió en él esa rebuscada formalidad. Pero poco duraba el engaño en ese solitario que portaba su máscara con tanta torpeza, a semejanza de aquel que llega del desierto y la montaña y se viste con el traje del hombre de mundo; enseguida afloro la pregunta que el mismo formuló con estas palabras: ‘de todo lo que un hombre deja traslucir podemos preguntar, ¿qué ocultará?, ¿de qué pretenderá desviar la mirada?, ¿qué prejuicio le animará?. Y aún más, ¿hasta dónde llegará la sutileza de ese disimulo?, ¿qué equivoco desea provocar con ello?’